Y así, el Quetzal se convirtió en las siglas de una banca privada

CRÓNICA, MARA SENRA RIVAS

Esta semana han sido publicadas las bases para participar en la Ruta BBVA 2016, más conocida como Ruta Quetzal, que recorrerá el próximo verano México y España

El próximo año 200 jovenes tendrán la oportunidad de participar en la trigésima edición del proyecto y sueño que Miguel de la Quadra-Salcedo comenzó en el año 1979. Desde entonces miles de jóvenes han podido conocer mundo y conocerse a sí mismos en un viaje que combina la aventura, la educación en valores y el intercambio cultural.

Pero la Ruta Quetzal, siempre Quetzal, ha sido mucho más que eso. Los que hemos tenido la suerte, y cuando hablo de suerte hablo de recompensa, tras unos meses de duro trabajo de poder participar en ella, podemos gritar a los cuatro vientos (y no pensaba coger a estas alturas de mi vida la vil manía de hablar por los demás, pero la ocasión lo merece), y decir que es una experiencia que te cambia la vida. Pero nuestra vida no ha sido lo único que ha cambiado, la ruta también ha cambiado tanto en un par de años que apena echar la mirada atrás y no sólo por nostalgia de ella.

Mentiría si cuento como conocí este programa, pues no lo recuerdo, pero desde el momento en que lo hice supe que quería estar en él. Era una cuestión de principios, o así al menos me lo planteé y salió bien a pesar de lo quebradizos que éstos llegan a ser en ocasiones. Fueron casi tres meses de duro trabajo, de investigación, documentación, redacción y maquetación de dos trabajos finales. Uno literario sobre la Selva del Darién (80% de la nota) y otro, un proyecto de emprendimiento social en mi ciudad natal (20% restante). Mi año, en el que al pajarillo se le habían puesto por primera vez detrás las letras BBVA también inauguraba que se incluyese en las bases de participación ese trabajo de emprendimiento. Y me acojonó, para qué mentir cuando sigo creyendo que fue la imaginación y el querer del primero de mis trabajos lo que me salvó y me hizo conocer aquella selva. Pese a ello creo que son dos de las cosas de las que sin duda más orgullosa me he sentido nunca, puesto que no suelo sentir orgullo de nada que no me perteneza, y como pocas cosas me habían pertenido, de lo justo me había sentido orgullosa hasta aquel día.

Pero esa maravillosa ruta del año 2013 que yo viví desde el primero de los instantes, haciendo incluso el propio trabajo, poco tiene que ver con la de ahora. En la no hay cabida para la literatura y la imaginación, ni para las artes plásticas, ¡qué narices les habrá dado ahora a las instituciones con olvidarlas y arrinconarlas!, dejando así a un lado todo lo que la ruta significaba para nosotros, los ex ruteros. Ahora priman tan solo el emprendimiento social y un trabajo de investigación o musical sin opción alguna a demostrar tu valía en las otras artes. (Y casi dando las gracias por amparar la opción musical). Pero el resto de opciones y posibilidades sí se han acabado. Ahora hay dos imposiciones inquebrantables a la hora de presentar los trabajos. Y ya no solo me apena mirar atrás si no que me enfada.

Ya no solo han cortado las alas al Quetzal, si no que se las han cortado también a los jóvenes y me sigue apenando y enfadando que Miguel de la Quadra-Salcedo, el hombre que le dio forma, realidad y nombre a este sueño, no haga nada por detener esas voraces tijeras de los que tienen el dinero. Aunque mi corazón me haga creer que simplemente él no es capaz de hacerlo. A pesar de todo ello y haciéndome eco a cada instante de Jorge Manrique y su cualquier tiempo pasado fue mejor, creo que la ruta puede seguir siendo una experiencia que valga la pena vivir, porque muchas de las personas que siguen trabajando en ella, trabajaban ya antes y espero que sigan mantieniendo vivo el espíritu del Quetzal.

Tras unos meses de espera desde que envié mi trabajo, de casi desilusión y desesperanza me encontré en la cocina de mi casa con las lágrimas en las mejillas, y el ordenador junto a las tostadas leyendo mi nombre en una lista que me llevaría en dos semanas a una entrevista personal con los docentes de la Universidad Complutense de Madrid que habían evaluado mi trabajo. Era mi primera vez en Madrid y que con 17 años una catedrática de dicha universidad estuviese elogiándote por tu trabajo no había palabras que lo describiese. Fue a partir de ahí cuando ya todo fue solo euforia y felicidad. Creo que fueron los meses más maravillosos de mi vida. Conseguir un sueño y participar en el sueño de una persona a la que admiras no puede ser calificado más que de extraordinario y quedándoseme hasta pequeña la palabra por momentos.

Ahora, sin embargo, la entrevista son imágenes en directo o quizá con desfase audio-imagen, desde la pantalla de dos ordenadores a cientos de kilómetros. No sé si la emoción será la misma para quienes tengan el placer, pero sé que no será comparable a la que yo, y tantos otros pudimos vivir.

El Quetzal nos llevó a lo largo de 45 días a conocer mundo y a conocernos a nosotros mismos como ya dije. Primero fue Panamá, las tribus y la selva, y luego la vuelta a Europa, conociendo Bélgica de una punta a otra, París y la UNESCO y por último los paisajes extremeños y el mismo palacio del Pardo. Vaya una mezcla de lugares y emociones. Este año conocerán México, y no dudo en ningún momento que sea otra experiencia increíble, pero me repito y sé que no será comparable a caminar 14 horas con el barro por las rodillas y el cuerpo invadido por picaduras, pensando en que la sarna con gusta no pica ¡Y tanto que no picaba, ojalá estar allí de nuevo!. Ni será comparable a compartir todas las vivencias y momentos con ruteros (de los cuales algunos de ellos se convertirán en amigos para toda la vida) de casi todos los continentes y países, ya que ahora parece que el vetar a muchos de ellos se ha puesto de moda a la par que la diversidad cultural de la que presumen se achica a pasos de gigante.

Con todo esto, aunque lo parezca y con razón, no quiero echar por tierra a la ruta, sólo a esa llamada BBVA, a esta nueva ruta de intereses que no he terminado de calar, pues la Quetzal, la mía, fue maravillosa. Con todo esto quiero pedir que emigre de vuelta el Quetzal y traiga consigo todo lo bueno y se lleve toda esta censura disfrazada de progreso que asola año a año el sueño del último explorador español, Miguel de la Quadra.

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